Oro o Bitcoin…
Christian Hauswaldt
January 7, 2026
¿Parte indispensable de mi portafolio de inversión?
En tiempos de tensión geopolítica, inflación elevada o mercados volátiles, la pregunta que más escucho es:
“¿Dónde debo invertir? ¿Es momento de recurrir al oro, que ha resistido imperios, o al Bitcoin, que acapara titulares en todos los medios?”
Cada vez que la escucho pienso lo mismo: no es la pregunta correcta. Parte de una premisa falsa: que existe un refugio único y perfecto. En gestión patrimonial, esa es una ilusión peligrosa. El verdadero refugio no está en un activo aislado, sino en una estructura diseñada para proteger y, al mismo tiempo, abrir caminos hacia nuevas oportunidades.
Esa búsqueda del activo perfecto no surge de la teoría financiera, sino de un sesgo humano: la necesidad de certezas absolutas en un mundo que nunca las ofrece.
“El principal problema del inversor, e incluso su peor enemigo, es probable que sea él mismo.” — Benjamin Graham, The Intelligent Investor
¿Qué significa realmente un resguardo de valor?
Un resguardo de valor es un activo que ante momentos de alta volatilidad cuenta con la confianza de un gran número de personas, y en esos momentos en particular puede preservar el poder adquisitivo de tu patrimonio y reducir la volatilidad de tu portafolio.
Históricamente, el oro ha cumplido este papel por su aceptación global, escasez y resistencia al deterioro. En los últimos años el Bitcoin ha sido visto como un “oro digital” por su naturaleza descentralizada, oferta limitada y facilidad para transferirse globalmente (ahora).
Ni el oro ni el Bitcoin, por sí solos, constituyen un escudo patrimonial infalible. Su valor aparece cuando forman parte de una arquitectura diversificada y coherente con tus objetivos.
“La verdadera seguridad está en la diversificación prudente, no en buscar el activo perfecto.” — Howard Marks, The Most Important Thing
El oro, un sobreviviente de 2,500 años
El oro no es valioso porque brille. Es valioso porque la gente confía en él, en toda la historia registrada, ningún sistema monetario lo ha anulado. Ha sobrevivido a guerras, hiperinflaciones y quiebras soberanas.
Su estatus moderno como refugio de valor se consolidó con el Patrón Oro, adoptado internacionalmente en el siglo XIX y vigente en la mayoría de economías hasta 1971, cuando EE. UU. suspendió la convertibilidad del dólar bajo la presidencia de Nixon. Desde entonces, se ha mantenido como reserva estratégica de bancos centrales y como activo de seguridad en tiempos de crisis.
En 1848, el hallazgo de yacimientos en California desató la famosa Fiebre del Oro. En apenas un año, más de 80 000 personas emigraron buscando riqueza rápida. Ese episodio no solo cambió la economía de EE. UU., también afianzó la idea colectiva del oro como símbolo de prosperidad y seguridad, una percepción que sigue viva más de 170 años después.
Fortalezas reconocidas
Aceptación global: se compra y vende en cualquier mercado del mundo.
Baja correlación con acciones y bonos, lo que le da valor como diversificador, como destaca el World Gold Council.
Debilidades claras
No produce flujos de efectivo.
Puede ser costoso de almacenar y de transaccionar.
Hay periodos donde puede perder poder adquisitivo real.
Lo que la narrativa omite: entre 1980 y 2000, el oro perdió más del 40 % de su valor real ajustado por inflación. Quien lo tuvo como “único activo” durante esas dos décadas pagó un costo muy alto. Entre 1984 y 2024 su rendimiento real anual fue apenas del 1,5 %, frente al 8,6 % del S&P 500.
Para un portafolio patrimonial, el oro no es una apuesta de crecimiento, sino un contrapeso emocional y financiero. Funciona cuando otros activos fallan, pero depender solo de él ha sido históricamente costoso.
En otras palabras, quien apostó solo al oro durante 20 años perdió la oportunidad de multiplicar su capital en mercados de renta variable, y es justo en esa mezcla de fortaleza histórica y limitaciones estructurales donde surge el Bitcoin como un contendiente inesperado al título de refugio.
Bitcoin, el experimento más grande en dinero digital
En mayo de 2010, Laszlo Hanyecz pagó 10,000 bitcoins por dos pizzas, entonces valorados en US $41. Hoy, esas mismas monedas equivaldrían a más de US $1,000 millones. La historia —celebrada cada año como el Bitcoin Pizza Day— ilustra la magnitud de los cambios de valor en activos en etapas tempranas.
El concepto de “oro digital” tomó fuerza en 2013, durante la crisis bancaria de Chipre, cuando el control de capitales y el temor a confiscaciones impulsaron el uso de Bitcoin como alternativa fuera del sistema bancario tradicional.
“Los refugios son circunstanciales: lo que funciona en una crisis, puede fallar en otra.” — Ray Dalio, Principles for Navigating Big Debt Crises
El mito del “hubiera invertido”
Todos hemos escuchado la frase: “Si hubieras invertido US $100 en Bitcoin en 2010, hoy tendrías millones”. Matemáticamente es cierto, pero en la práctica es una verdad a medias.
En 2010, Bitcoin no era un activo que fuera de fácil acceso para el inversionista promedio. Era accesible principalmente para programadores o entusiastas que minaban monedas en foros, con custodia manual y volatilidad capaz de borrar hasta el 90% de tu inversión en cuestión de semanas.
La oportunidad real estaba reservada a perfiles técnicos.
El verdadero reto: sobrevivir al camino intermedio
El mito del “hubiera invertido” aplica tanto para empresas como distintas clases de activos, desde tierra en ciertas zonas, acciones de empresas en sus inicios como Amazon, Nvidia o Facebook, o casos más locales como la Comercial Mexicana en la crisis del 2008, pero estas historias se ven muy diferentes años después, cuando distintos elementos se acomodaron…
Incluso para quienes invirtieron temprano, el desafío real fue resistir:
Caídas de más del 80% en algunos momentos
Dudas sobre la viabilidad del modelo o negocio en el tiempo
Competencia feroz
Cambios regulatorios
El verdadero desafío no está únicamente en “entrar temprano”. La historia demuestra que incluso en los grandes casos de éxito, la clave no fue adivinar el momento de entrada, sino sobrevivir al camino intermedio: La psicología de ir perdiendo y poder perder todo, o de ir ganando y saber cuando es suficiente.
Estudios como el ‘Quantitative Analysis of Investor Behavior’ de DALBAR muestran que el inversionista promedio de fondos de renta variable en EE.UU. mantiene sus inversiones solo entre 4 y 4.4 años aproximadamente, incluso en décadas recientes. Esto contrasta con los 10–20 años de paciencia que hubieran requerido empresas como Amazon o Nvidia para rendir como lo hicieron.1
Todo crecimiento tiene un límite
El fruto no puede pesar más que el árbol que lo sostiene
¿Debería invertir en Bitcoin? Esta es una pregunta que constantemente me hacen: muchas personas que han escuchado la oportunidad que han perdido, no saben si entrar y con cuanto hacerlo. Hay varias predicciones de poder duplicar su valor y seguir creciendo de manera importante en los próximos años, y hoy su valor de mercado ronda los US$2.30 T, lo que equivale a casi el doble del PIB de México y cerca del 1.4% de la economía global.
Si Bitcoin tuviera un retorno como el de los últimos 6 años valdría lo mismo que todo el oro del mundo US$ 23.5 T y agregando 3 años de pasado más primeros años, su capitalización podría terminar siendo mayor que la economía global —una imposibilidad matemática, no una muestra de fortaleza.
Ejemplos que dan perspectiva:
Nvidia: con cerca de US$ 4 T de capitalización bursátil, hoy vale más que el PIB combinado de casi 190 países y representa alrededor del 3.6 % de la economía global (comparativo de market cap contra flujo). Su ascenso refleja la fuerza de la innovación tecnológica, pero también los límites naturales frente al tamaño de la economía mundial. En otras palabras: para que el precio que pagaste por la acción se justifique en un plazo de 10 años, la empresa tendría que crecer a un ritmo compuesto del 38% anual. Eso implicaría multiplicar sus utilidades por 25 veces en una década, solo para llegar al punto de equilibrio en ganancias por acción. Traducido: tendría que convertirse en más del doble del tamaño de Apple —cuando hoy apenas equivale a un porcentaje de ella— y, además, hacerlo bajo la premisa de que el mercado de IA se vuelve 20 veces más grande en ese mismo lapso… y todo esto sin que aparezca competencia real que le reste participación.
Tulipomanía (1636–1637): el precio de los bulbos llegó a equipararse al de una casa en Ámsterdam. El auge parecía imparable hasta que el mercado colapsó en semanas, borrando la euforia y dejando a muchos con pérdidas severas.
Burbuja puntocom (1995–2000): el Nasdaq se multiplicó por cinco en menos de 5 años.
La historia de los mercados está llena de ejemplos donde las valuaciones parecían no tener techo, hasta que la realidad del crecimiento alcanzable puso límites. En la burbuja dot-com, Cisco llegó a ser la empresa más valiosa del mundo con múltiplos que descontaban décadas de expansión; terminó perdiendo más del 80% de su valor y, 25 años después, nunca regresó a ese nivel ajustado por inflación.
El patrón es claro, cuando el precio de un activo asume un crecimiento perpetuo, sin competencia ni fricciones, tarde o temprano el mercado recalibra. Es un recordatorio de que ningún activo —sea una acción, el oro o el bitcoin— puede crecer infinito. El techo siempre está definido por el tamaño real del mercado que puede capturar.
¿Por qué esto importa?
Ese es el punto central: no basta con soñar con retornos épicos. El verdadero reto es reconocer que ningún activo puede crecer sin freno, porque está limitado por la economía real que lo sustenta.
Creo que es una predicción difícil, que hay techos y definitivamente no va a pasar lo que ocurrió en los últimos 10 años: un fruto no puede pesar más que el árbol que lo sostiene. Pero la última pregunta sería: ¿cómo incorporarlo y usarlo en mi portafolio?
La respuesta más útil a la pregunta inicial
“La resistencia no es suficiente; el objetivo es beneficiarse del desorden.” — Nassim Taleb, Antifragile
En otras palabras, resistir no basta: la clave está en construir sistemas que incluso se fortalezcan con la incertidumbre.
La pregunta de si elegir oro o Bitcoin parte de una visión reduccionista. Ambos pueden cumplir un rol en determinados contextos, pero ninguno es por sí mismo la inversión o el refugio perfecto. En gestión patrimonial, el verdadero blindaje no se basa en adivinar cuál será “el ganador”, sino en diseñar una estructura que actúe como escudo en tiempos adversos y como puente hacia nuevas oportunidades.
Un refugio patrimonial real no se improvisa, se construye con base en tres pilares:
Tesis de inversión
Una tesis es el “para qué” de cada decisión. Es entender qué función cumple un activo dentro del portafolio: ¿proteger el poder adquisitivo? ¿generar flujo? ¿crecimiento para las siguientes generaciones? Tener una tesis clara permite anticipar escenarios y evitar decisiones emocionales.Perfil de riesgo
Aquí no hablamos de un cuestionario estándar, sino de la tolerancia real de cada inversionista frente a la volatilidad. En el papel, muchos creen poder resistir caídas fuertes, pero cuando llegan los momentos de estrés los impulsos pesan más que la teoría. Reconocer esa frontera personal es lo que evita que un portafolio patrimonial se convierta en un campo de especulación o, peor aún, en una fuente de ansiedad constante.Necesidades personales
La edad, los objetivos de vida, la liquidez necesaria, los proyectos familiares y el legado esperado determinan el diseño de la estrategia. Un empresario en etapa de expansión tiene necesidades distintas a un ex–fundador que acaba de hacer un “exit” o a alguien que quiere preservar capital para futuras generaciones. Ahí está la clave: un portafolio debe hablar el idioma de la vida de su dueño, no solo el del mercado.
Construir, no perseguir
No todos necesitan oro ni todos necesitan Bitcoin. Para algunos, pueden ser irrelevantes; para otros, un pequeño porcentaje puede marcar la diferencia. Lo importante no es el activo en sí, sino el rol que cumple dentro de una tesis de inversión clara, compatible con el perfil de riesgo real del inversionista y alineada a sus necesidades de vida y legado.
El patrimonio no se improvisa con un golpe de suerte ni se protege con una sola pieza. Se construye con paciencia, estrategia y consistencia. Se fortalece cuando aprendemos a combinar activos que aportan funciones distintas —unos que generan flujo, otros que diversifican, algunos que resguardan valor— en lugar de poner toda la fe en un refugio único.
Aquí está el punto clave: la verdadera protección patrimonial no viene de apostar al refugio de moda, sino de contar con un portafolio de inversión diversificado, estructurado y alineado a objetivos de vida. Esa es la diferencia entre improvisar y planear, entre protegerse a medias y blindar un legado.
Ese es, al final, el único “refugio” real: la estrategia patrimonial misma.
El contenido de este newsletter es únicamente informativo y no debe interpretarse como una recomendación de inversión, asesoría legal o fiscal. Las decisiones financieras deben basarse en un análisis personalizado. Se recomienda consultar con un asesor financiero certificado que conozca tu situación patrimonial, objetivos y tolerancia al riesgo.
